Los retos y las lecciones de la interpretación social: una visión personal

Personas solicitantes de asiloDesde hace unos meses estoy colaborando como intérprete de ruso con una asociación que da acogida y proporciona ayuda a los inmigrantes que solicitan asilo y protección internacional. Presto los servicios de interpretación de enlace en las citas que tienen las personas refugiadas con los abogados, que proporcionan apoyo jurídico a sus casos, y trabajadores sociales, que son responsables de su acogida e inserción social y laboral. Es mi primera experiencia en el ámbito de la interpretación social y está siendo muy enriquecedora tanto desde el punto de vista profesional como personal. Este trabajo hace que me plantee muchas preguntas y la búsqueda de respuestas para ellas siempre resulta en algún descubrimiento o aprendizaje.

Diferencias culturales y sociales

En una de las primeras entrevistas que interpreté el interesado decía que había salido de su país en la víspera de Navidad, el día 6 de enero. Al escucharlo el abogado que le entrevistaba miró sorprendido pensando que se trataba de un error. Simplemente no sabía que la Navidad ortodoxa se celebra el 7 de enero, dos semanas después de la católica, al igual que su interlocutor, que probablemente sí conocía esta diferencia, no la había tenido en cuenta y no se había parado en explicarla. Es un ejemplo muy obvio de las diferencias culturales que se pueden encontrar entre España y el mundo rusoparlante, que engloba prácticamente todos los países de la antigua Unión Soviética, sin embargo, estas diferencias no son las únicas ni las más grandes a las que me he tenido que enfrentar en el ámbito de la interpretación social.

De la misma manera, entre las realidades sociales de los interlocutores puede haber un abismo. Les separan las diferencias en el nivel de vida, en las oportunidades académicas y laborales, en la mentalidad, en la visión del mundo y hasta en las instituciones o derechos que hay en cada país. Por esta razón se produce más de un malentendido y la barrera lingüística en la mayoría de los casos no es la única que hace falta salvar.

Me viene a la memoria de una entrevista en la que se preguntó a la interesada si tenía educación superior y ella contestó afirmativamente sin vacilar ni un segundo. A mí, no obstante, me sorprendió su respuesta ya que no encajaba muy bien con el resto de su relato y la volví a preguntar reformulando la pregunta: “¿Ha estudiado usted en una universidad?” Allí dudó ella y precisó que había hecho un curso de 3 meses de duración en la fábrica donde trabajaba. Es cierto que situaciones como esta también se pueden producir entre las partes que hablan el mismo idioma, pero es más difícil que los malentendidos y confusiones prosperen y tengan consecuencias graves, pues los interlocutores tienen más facilidades de identificar las incongruencias en las palabras del otro a tiempo. En esto les ayudan factores como la forma de expresarse, el lenguaje corporal, el acento y los modales entre otros.

Cuando comencé a trabajar en este ámbito hace unos meses, me prometí a mí misma que me limitaría a interpretar lo más fielmente que pueda a cada una de las partes sin añadir ninguna información extra; me parecía lo correcto desde el punto de vista profesional y práctico. Pero al poco tiempo, me empecé a dar cuenta de que esta forma de actuar no solamente no añadía claridad a la conversación sino que propiciaba la confusión. A cada pregunta malentendida por uno de los interlocutores seguía una respuesta desencaminada que resultaba en confusión y más preguntas susceptibles a ser malinterpretadas. En la mayoría de los casos yo veía muy claramente qué diferencias culturales o lagunas en los conocimientos de cada parte provocaban estas confusiones y pronto empecé a sentir que en mí recaía la responsabilidad de advertir y prevenir posibles malentendidos añadiendo aclaraciones y comentarios oportunos o incluso reformulando las preguntas para hacerlas comprensibles no solo en términos lingüísticos sino también culturales (eso sí, siempre he procurado que quede muy claro cuando un comentario es un añadido extra y viene de mi parte y no de la persona a la que estoy interpretando). Se puede decir que con el tiempo hubo un cambio de enfoque: mi objetivo pasó de “realizar el trasvase más preciso de sentido de un idioma a otro” a “facilitar la comunicación más fluida y precisa posible”.

Componente emocional y aspectos profesionales

Otro reto más para mí ha sido marcar y mantener el papel de una profesional benevolente pero distanciada. Las personas que se encuentran en una situación tan vulnerable y llena de incertidumbre como la de los solicitantes de asilo rápidamente empiezan a ver al intérprete, que a menudo es una de las pocas personas que hablan su idioma en su nuevo alrededor, como un aliado o una posible fuente de ayuda o por lo menos de valiosa información. Por eso a menudo me piden el número de teléfono, proponen que nos tomemos un café juntos y charlemos un rato o quieren que les aconseje sobre diversas situaciones a las que se están enfrentando en España.

Después de haber interpretado los testimonios de estas personas, a veces con detalles muy dramáticos o muy íntimos, y viendo lo confusas y perdidas que están muchas de ellas, me resulta inevitable ponerme en su lugar y me invaden las ganas de ayudar a cada una de ellas cuanto pueda. Sin embargo, basta reflexionar fríamente unos segundos para entender que la mejor ayuda que les puedo ofrecer es mi labor de intérprete y para poder seguir prestándoles este servicio necesito mantenerme imparcial y desinteresada. Por eso, cuando me piden un consejo, se lo doy, pero rehúso tener contacto con las personas a las que interpreto fuera de la propia situación interpretada.

Finalmente, un problema más con el que me enfrenté hace poco. Actuar como intermediario en una conversación a veces te sitúa bajo fuego cruzado. Se sabe que los inmigrantes, a parte de las incomodidades a nivel cotidiano, son propensos a sufrir de la condición psicológica conocida como el Síndrome de Ulises que se desarrolla a causa de la rotura de vínculos con los seres queridos y amigos, la cultura y la lengua natal, la comida habitual, el paisaje y muchas otras cosas y hace que la persona se sienta estresada y frustrada. Esta condición a veces se hace notar en sus relaciones con los profesionales que les atienden y hace que el ambiente emocional de una conversación arda.

Cuando te ves implicada en una situación de este tipo como intérprete al principio no es fácil conservar la serenidad pues de ambos lados con cada intervención recibes una carga emocional muy fuerte, y el nivel de tensión sube a cada paso. Mi primera e inconsciente reacción fue intentar rebajar el tono de las intervenciones que estaba transmitiendo con la esperanza de que la situación volviera a la normalidad, pero pronto tomé consciencia de lo que estaba haciendo y me di cuenta de que no era la respuesta. Estaba actuando como si yo también fuera parte de esta tensa conversación cuando en realidad solo era un medio. Entonces cambié mi estrategia para transmitir palabras exactas de cada parte con su intención original, ya fuese de enfado, frustración, queja o exigencia. Tuve que hacer un esfuerzo para mantener la tranquilidad y un tono de voz y expresión de la cara neutros, pues las emociones ya eran suficientemente evidentes en los propios interlocutores.

Qué he aprendido (y sigo aprendiendo) de esta experiencia

El trabajo en el ámbito de interpretación social tiene sus dificultades y me ha supuesto varios retos, pero a cambio me proporciona amplias oportunidades de aprendizaje y una muy grata sensación de satisfacción personal al poder ayudar a las personas muy necesitadas de ayuda.

Además, me ha enseñado a ser flexible, estar dispuesta a cambiar un planteamiento si resulta que no es adecuado o eficaz. Me ha demostrado la importancia de guardar una distancia prudencial en el entorno profesional a pesar de la inevitable implicación emocional y permanecer imparcial a pesar de las simpatías personales. Finalmente, me ha servido para darme cuenta de la necesidad de proteger mi privacidad para seguir desempeñando esta profesión.

Las lecciones que he sacado a nivel personal no han sido menos valiosas. Estar en contacto con personas que, siendo gente perfectamente normal y corriente, han pasado por situaciones muy extremas me hizo ver los problemas cotidianos de otra manera y plantear qué realmente es lo imprescindible y lo importante en mi vida. Esta experiencia me llevó a apreciar las cosas tan básicas que hasta ahora ni siquiera me había parado a pensar en ellas, como vivir en un entorno seguro, tener acceso a servicios médicos y educación y estar plenamente integrada en la sociedad en la que vivo.

Además, he tenido la oportunidad de observar cómo diferentes personas se comportan de formas muy diferentes en las circunstancias tan estresantes como las de los inmigrantes que acaban de llegar a un país desconocido. Unas se sienten agradecidas por la ayuda que reciben, otras se sienten frustradas y no se conforman con nada, algunos aprender el idioma con entusiasmo, otros no se acostumbran a la idea que tendrán que hablar otra lengua, ciertas personas llevan mejor los cambios, otras no pueden parar de pensar en lo que han dejado atrás. De ello yo he sacado la siguiente reflexión: muchas situaciones están fuera de mi control, pero solo de mí depende adoptar una u otra actitud para llevar lo mejor posible cada una de ellas.

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